En la oscura noche de la colonia Roma, la sombra de la Casa Negra se cierne como un manto siniestro sobre la avenida Álvaro Obregón. Enclavada en la esquina con Insurgentes, la estructura gótica se erige como un testamento maldito de tiempos pasados. Durante el Porfiriato, esta morada macabra fue concebida como un leprosario, un receptáculo de dolor y desesperación.
Los días iniciales de la Casa Negra transcurrieron en silencio, pero a medida que las horas nocturnas avanzaban, los habitantes de la colonia Roma se vieron envueltos en una pesadilla sonora. De entre las paredes de piedra emanaban gritos desgarradores, susurros de agonía que penetraban los sueños más profundos. Los leprosos, condenados a sufrir en el cruel abrazo de la enfermedad, parecían clamar por liberación en cada lamento.
La colonia, aterrorizada por la cacofonía de tormento, llegó al borde de la desesperación. La creencia en una posesión demoníaca se arraigó en las mentes atormentadas de los vecinos. En un acto desesperado y guiados por la locura, decidieron que la única manera de liberarse de aquel tormento era arrojar el fuego purificador sobre la morada maldita.
La llama devoradora consumió la Casa Negra con avidez, pero, para sorpresa y horror, la estructura desafiante permaneció erguida. Los leprosos, aunque calcinados, parecían persistir en las sombras, sus siluetas distorsionadas danzando entre las llamas agonizantes.
La casa, ahora impregnada de una oscuridad aún más profunda, quedó abandonada, atrapada en una espiral de malevolencia. Tiempo después, la familia Mondragón, ajena al pasado macabro, se aventuró a habitar la morada maldita. A pesar de sus esfuerzos por borrar el pasado, el hollín y las siluetas regresaban implacables a las paredes, como un recordatorio tenebroso de lo que una vez fue.
Los Mondragón, sumidos en el escepticismo, no tardaron en enfrentar su propia tragedia. Solo siete noches de insomnio bastaron para que los aullidos de dolor resonaran nuevamente, esta vez emanando de los propios miembros de la familia. Los vecinos, paralizados por el miedo, permanecieron impotentes ante los gritos que perforaban la oscuridad.
La mañana siguiente, la Casa Negra se abrió a regañadientes, revelando el horror que yacía en su interior. La familia Mondragón, con los rostros distorsionados por el terror, yacía sin vida, víctima de una fuerza sobrenatural indomable.
Aunque el tiempo avanza y la vida urbana persiste alrededor de la Casa Negra, la sombra de la tragedia perdura. Los puestos de garnachas en las cercanías no logran disipar el aura de malevolencia que envuelve el lugar, y la colonia Roma susurra aún sobre los incautos el aviso silencioso de que la Casa Negra nunca olvida ni perdona.
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