En la tranquila ciudad de Guadalajara, la Av. Alcalde albergaba una sombría casa, conocida como "La Casa de los Perros". En sus oscuros corredores resonaban susurros inquietantes y sombras danzantes, escondiendo un pasado tenebroso que pocos se atrevían a recordar.
Jesús Flores, el anciano cafetalero viudo, desesperado por la soledad, buscaba una compañera con afán. Su mirada, ahora opacada por el tiempo, se posó en Ana, la hermosa hija de una costurera vecina. Pero Ana, ajena a sus intenciones, contrajo matrimonio con un rico alfarero. Sin embargo, la menor de las hijas, Ana, sintió una extraña simpatía hacia el viudo.
Después de un matrimonio apresurado, la pareja partió a Europa, donde un barco a punto de hundirse se convirtió en el testigo de un juramento macabro. Entre el miedo y la desesperación, prometieron que quien sobreviviera rezaría en cada aniversario luctuoso del otro.
Al regresar a Guadalajara, Ana decoró la casa con imponentes esculturas importadas de Nueva York, y así nació "La Casa de los Perros". Pero la tragedia no tardó en golpear, y Don Jesús falleció, dejando a Ana sola. Incapaz de soportar la viudez, se consoló en los brazos de su fiel mayordomo, Don José, olvidando por completo la promesa hecha a su difunto esposo. La casa quedó abandonada, como testigo mudo de secretos oscuros.
Rumores comenzaron a rondar la morada. Extraños episodios, voces del más allá, luces titilantes y puertas que se cerraban y abrían sin explicación. La leyenda se extendió, asegurando que aquel que rezara un novenario en el mausoleo de Don Jesús recibiría las escrituras de "La Casa de los Perros". Pero el precio era alto: el rito debía llevarse a cabo a medianoche, en completa oscuridad, solo acompañado de una vela.
Valientes intentaron desafiar la maldición, pero todos fracasaron. Algunos huían en pocos minutos, con el terror reflejado en sus ojos, hablando de voces del más allá que respondían a cada rezo. Otros tardaban tanto que eran hallados desmayados. Con el tiempo, la euforia disminuyó, y los valientes escasearon.
La casa, ahora envuelta en un aura de misterio, fue destinada a ser el Museo del Periodismo y las Artes Gráficas. Sin embargo, sus oscuros secretos persistieron, flotando en los pasillos silenciosos, recordándole a aquellos que se aventuraban en su interior que, a veces, los pactos hechos en medio de la desesperación pueden cobrar un precio inimaginable.
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