Escucha con atención, porque la historia que te voy a contar tiene sus raíces en las sombrías calles del Centro Histórico de la capital, en la calle Donceles 98. En lo más profundo de esta calle, se teje una historia de terror que ha perdurado a lo largo de los siglos.
Corrían finales del siglo XVIII, una época de oscuridad y misterios. En ese entonces, un comerciante en ascenso llamado Joaquín Dongo reinaba en la calle con sus prósperos negocios. Sin embargo, su ascenso meteórico no pasó desapercibido para fuerzas más allá de la comprensión humana.
Una noche fatídica, cuando la luna arrojaba sombras inquietantes sobre las antiguas fachadas, los asesinos acecharon la casa de Joaquín Dongo. Conocedores de su ausencia, reprodujeron los toques que solía dar el cochero para abrir las puertas, deslizándose como sombras silenciosas por los oscuros pasillos.
La crónica de Madame Calderón de la Barca narra la tragedia: "Fue su primera víctima el portero, derribado en tierra y apuñalado sin piedad. Le siguió un indio, luego la cocinera, y así sucesivamente, hasta que once almas quedaron tendidas en el suelo, revolcadas en sangre."
Pero este horror va más allá de la simple tragedia. Se rumorea que Joaquín Dongo, en su afán de riqueza desmedida, habría sellado un pacto siniestro con el mismísimo diablo. La leyenda sugiere que la muerte de las once personas fue la venganza del inframundo, ya que Dongo no cumplió su parte del trato: rendir culto al diablo.
Hoy en día, el lugar donde se desató esta masacre es una tienda de fotografía. Sin embargo, quienes se aventuran a entrar pueden sentir la presencia de aquellas almas atrapadas en el tiempo, susurros de un trato roto que resuenan en las paredes. ¿Te atreverías a enfrentarte a la oscura verdad que yace detrás de la fachada de la tienda, o preferirías dejar que el pasado descanse en paz?
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